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Cómo armar un programa de puntos para tus empleados y tu equipo de ventas

Dos compañeros de trabajo conversan de pie junto a un mostrador con cajas y mercadería al fondo

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Las empresas reconocen a su gente con un bono anual, un concurso trimestral que gana siempre el mismo y un mail de felicitaciones. Es el mismo problema que tenían los programas de clientes antes de existir: nada que registre el esfuerzo cuando ocurre. Un motor de fidelidad permite montar el programa interno sobre la misma infraestructura que el de clientes, con los datos saliendo del sistema que ya usás.

Una empresa que quiere que su equipo de ventas venda más tiene, en general, tres herramientas: la comisión, el bono anual y un concurso cada tanto. La comisión funciona pero es parte del sueldo, así que dejó de ser un incentivo hace años. El bono está a once meses de distancia la mayor parte del tiempo. Y el concurso lo gana el de la sucursal más grande, con lo cual el resto deja de mirarlo en la segunda semana.

En el medio queda todo lo que la empresa quiere que pase y no tiene forma de reconocer cuando pasa: la capacitación terminada, el dato cargado como corresponde, el mes en que alguien mejoró un veinte por ciento aunque su volumen siga siendo chico, los cinco años de antigüedad de alguien que sigue eligiendo quedarse.

Es exactamente el problema que resuelve un programa de fidelidad, con la única diferencia de que la fuente de los puntos no es una compra. La mecánica es la misma: se registra algo que la persona hizo, se acumula, se ve, y en algún momento se canjea por algo concreto. Y como es la misma mecánica, se puede montar sobre el mismo motor que corre el programa de clientes, en lugar de comprar una herramienta aparte de recursos humanos.

Qué se puntúa, que es la decisión que define el programa

Si el programa premia solamente venta cerrada, ya existe y se llama comisión. Lo que justifica montarlo es todo lo demás, que hoy no se reconoce en ninguna parte.

Los objetivos cumplidos son la base, y conviene que sean del período corto: la meta del mes, el objetivo de la semana en operaciones, la cantidad de visitas hechas. Que se acredite al cierre del período y que la persona lo vea acreditado es la mitad del efecto.

Las capacitaciones son el mejor uso del programa en empresas con producto complejo o con rotación alta. El curso terminado, la certificación del producto nuevo, la inducción completa. Es un caso donde el punto no está comprando esfuerzo extra: está comprando que algo que la empresa necesita se haga antes y sin recordatorios.

La antigüedad es el reconocimiento que casi nadie tiene resuelto, y es raro, porque es el más fácil de automatizar: la fecha de ingreso ya está en el sistema. Un aniversario que se acredita solo, todos los años, es una comunicación que le llega a la persona correcta el día correcto sin que nadie tenga que acordarse.

La evaluación de desempeño puede alimentar el programa, con un cuidado: si el puntaje del programa reproduce la evaluación, el programa se vuelve parte de un proceso que la gente ya vive con tensión. Funciona mejor cuando toma sólo la parte positiva y no penaliza.

Y un grupo que suele quedar afuera y no debería: los comportamientos que la empresa quiere y no tienen premio hoy. Cargar bien la información en el sistema, cerrar los casos de atención en tiempo, la ejecución en el punto de venta, la asistencia en operaciones. Son las cosas que se piden en reuniones y nunca se reconocen.

Por qué el premio no puede ser plata

Es la trampa más común y la que arruina más programas internos. Si el reconocimiento se paga en dinero, en tres meses deja de ser un reconocimiento y pasa a ser parte de la remuneración esperada, con dos consecuencias: no motiva (nadie agradece el sueldo) y no se puede bajar sin que se lea como una quita.

Un premio concreto funciona distinto porque se recuerda y se cuenta. El que canjeó un electrodoméstico para su casa se acuerda de dónde salió cada vez que lo usa, y lo comentó en su casa y con sus compañeros. Un monto equivalente en el recibo de sueldo no genera ninguna de las dos cosas. Es la misma lógica que hace que en los programas de clientes un premio rinda más que un descuento del mismo valor.

Por eso el catálogo interno se parece poco al de clientes. Lo que funciona son premios de hogar y de uso cotidiano (electrodomésticos, cocina, tecnología para la casa), experiencias, y beneficios de tiempo o de flexibilidad cuando la empresa los puede dar. Lo que casi nunca funciona es el producto propio con descuento, porque el empleado ya lo tiene, o le interesa menos de lo que la empresa cree.

La otra parte del premio es la visibilidad, y es gratis. Rachas que se mantienen, desafíos por objetivo cumplido, tablas por equipo o por liga. En un contexto interno esto pesa más que en el de clientes, porque el reconocimiento delante de los pares es una moneda propia. La condición es que sea sobre logros y nunca sobre el último puesto: una tabla que expone al que va peor produce el efecto contrario y bastante rápido.

Cuando los premios físicos se resuelven con un proveedor que tiene su propio catálogo y su propia logística de entrega, la empresa no arma depósito, no maneja stock y no despacha nada, que es lo que hace inviable la mayoría de los programas internos armados a mano.

El problema de la equidad, que es el que hace fracasar los concursos

Todo esquema de incentivos internos choca con lo mismo: si se premia el volumen absoluto, gana siempre el que tiene el mejor territorio, la sucursal más grande o la cartera más vieja. El resto entiende la regla en la primera edición y deja de participar en la segunda.

Hay tres formas de arreglarlo y conviene usar las tres juntas.

Metas propias en lugar de un ranking único. Cada persona o cada punto de venta tiene su objetivo según su potencial, y los puntos salen del cumplimiento de esa meta. Así el de la sucursal chica puede sumar más que el de la grande, que es exactamente lo que hace que el programa siga vivo en el mes tres.

Premiar la mejora y no sólo el nivel. Un porcentaje de los puntos atado a la evolución contra el propio período anterior reconoce al que está creciendo, que suele ser la gente que la empresa más necesita retener y la que menos aparece en los rankings.

Ligas o grupos comparables, para que la comparación pública tenga sentido: por tamaño de sucursal, por antigüedad, por región. Comparar a alguien con dos meses de casa contra alguien con diez años no informa nada y desmotiva a los dos.

Y una cuarta cosa que no es de diseño sino de alcance: el programa no puede ser sólo para los que venden. Si atención, depósito, logística y administración quedan afuera, el mensaje interno es claro y no es el que la empresa quería dar. Cada área necesita sus propias fuentes de puntos, que casi siempre existen y están medidas: tiempos de respuesta, pedidos preparados sin error, casos cerrados, asistencia.

De dónde salen los puntos sin que nadie cargue una hoja de cálculo

Acá se decide si el programa vive o se muere en el mes cuatro. La mayoría de los programas internos se apaga por la misma razón: alguien tenía que consolidar los datos a mano cada mes, y ese alguien se cansó o cambió de puesto.

La regla es que ningún punto se cargue a mano. Todo lo que se premia ya está medido en algún sistema de la empresa: la venta en el punto de venta o en el CRM, los objetivos en el ERP, la fecha de ingreso y las novedades en la nómina, las capacitaciones en la plataforma de formación. El motor recibe el evento por API desde el sistema que corresponde, aplica las reglas y acredita.

Puesto de otra manera: el sistema de la empresa avisa que algo pasó (se cerró una venta, se aprobó un curso, se cumplió un objetivo, alguien llegó a su aniversario) y el motor resuelve el resto, con las reglas que la empresa definió, antes de contestar. No hay proceso mensual, no hay planilla que consolidar y no hay discusión sobre los números, porque todos salen de la misma fuente que la empresa ya usa para lo demás.

Eso además resuelve la desconfianza, que en los programas internos es más alta que en los de clientes: si la persona ve la acreditación el día que hizo lo que hizo y puede ver de dónde salió cada punto, no hay nada que discutir a fin de mes.

Por qué conviene sobre el mismo motor que el programa de clientes

Una empresa que ya tiene programa de clientes tiene resuelta la parte difícil: las reglas de acumulación, los niveles, el catálogo, los canjes, la logística de los premios, el tablero. Nada de eso cambia porque la audiencia sea interna.

Lo que cambia es de dónde vienen los puntos y qué premios se ofrecen, y las dos cosas son configuración. Por eso el programa interno no necesita una herramienta propia: necesita otra audiencia dentro del mismo motor, con sus reglas, sus premios y sus comunicaciones, y con la identidad de la empresa adelante.

La ventaja concreta es que las audiencias se pueden mirar juntas. Una empresa puede tener a los clientes finales, al equipo de ventas, a los distribuidores, a los colaboradores externos y a los socios corriendo en paralelo, cada uno con su esquema, y responder preguntas que con herramientas separadas no se pueden responder: si las sucursales con mejor adopción del programa interno son las que más venden, si el vendedor que se capacitó vende distinto, si el distribuidor que participa ejecuta mejor.

Y hay un punto práctico que suele decidir la conversación: los programas internos no justifican por sí solos comprar una plataforma, pero apoyados en el motor que ya corre el programa de clientes son una configuración más, con su propio catálogo y su propia app con la identidad de la empresa.

Qué medir para saber si sirve

Un programa interno se mide distinto que uno de clientes, y la métrica de vanidad es la misma de siempre: la cantidad de puntos emitidos, que no dice nada.

Lo primero es la adopción real: qué porcentaje de la gente alcanzada entró alguna vez, y sobre todo qué porcentaje canjeó. El canje es la prueba de que el programa se percibe como algo verdadero y no como un tablero interno más. Si la gente acumula y no canjea, el catálogo no le interesa o el primer premio está demasiado lejos.

Lo segundo es el tiempo hasta el primer canje, que es el mejor indicador temprano que existe. Cuanto antes alguien canjea algo, aunque sea chico, más probable es que siga participando: la promesa se volvió real.

Lo tercero es el indicador que se quiso mover, y conviene definirlo antes de lanzar. Si el programa se armó para que se completen las capacitaciones, la métrica es la proporción de gente certificada y no los puntos entregados. Si se armó para bajar la rotación, es la rotación por área comparada contra el año anterior.

Y lo cuarto, que suele ser el hallazgo más útil: la diferencia de resultados entre quienes participan y quienes no, dentro de áreas comparables. Es lo que convierte el programa de un gasto de recursos humanos en una palanca de negocio, y lo que hace que el año siguiente la conversación sea sobre ampliarlo y no sobre justificarlo.

Preguntas frecuentes

¿No es más simple pagar un bono?

Es más simple y hace otra cosa. Un bono compensa un resultado al final de un período largo; un programa de puntos reconoce cosas concretas cuando ocurren, y ahí está toda la diferencia: lo que se registra a los dos días cambia comportamiento, lo que llega en once meses se cobra y se olvida.

También cambia lo que se puede reconocer. Un bono se ata a un número, casi siempre de venta. Un programa puede reconocer la capacitación terminada, la mejora contra el propio período anterior, la antigüedad y el trabajo de las áreas que no venden, que en un esquema de bonos suelen quedar afuera.

Lo que conviene evitar es reemplazar el bono con puntos, porque eso se lee como una quita. El programa va encima de lo que ya existe y se ocupa de lo que el bono no puede ver.

¿Cómo evito que el programa premie siempre a los mismos?

Con metas propias en lugar de un ranking absoluto, y con una parte de los puntos atada a la mejora contra el período anterior de cada uno. Con eso, el de la sucursal chica que creció puede sumar más que el de la sucursal grande que se mantuvo, que es lo que mantiene a todo el mundo dentro del juego.

Y cuando haya comparación pública, que sea entre grupos comparables: por tamaño, por región, por antigüedad. Una tabla general en una empresa con territorios desparejos es una forma elegante de decirle a la mayoría que no tiene chance.

¿Sirve para equipos que no venden, como atención o depósito?

Sirve, y conviene, porque un programa que sólo alcanza a los que venden manda un mensaje interno que suele costar más de lo que aporta. Lo que hace falta es encontrar las fuentes de puntos de cada área, que casi siempre ya están medidas: casos cerrados en tiempo, pedidos preparados sin error, tiempos de respuesta, asistencia, capacitaciones.

La diferencia con ventas es que en estas áreas conviene apoyarse más en objetivos de equipo que individuales, porque el resultado suele ser colectivo. Un desafío por área cumplido, con premio para todos los que participaron, funciona mejor que un ranking individual en un depósito.

¿Tenemos que desarrollar una app para esto?

No, y ahí está la razón por la que este tipo de programa se volvió viable. La empresa pone la identidad y decide las reglas, y el motor resuelve puntos, niveles, canjes, comunicaciones y la entrega de los premios por detrás, con la app o el portal llevando la marca de la empresa.

Si la empresa ya tiene una aplicación propia, una intranet o un portal para su gente, el programa puede vivir adentro de eso mismo por API, sin sumar un lugar más al que la gente tenga que entrar. Y si no lo tiene, no hace falta construirlo para arrancar.

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