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Cómo reconocer a las agencias, los embajadores y la gente que te representa sin ponerlos en nómina

Dos profesionales trabajan juntos en un escritorio dentro de una empresa

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Alrededor de casi toda empresa hay gente que la representa y no trabaja adentro: agencias, instaladores, consultores, profesionales que recomiendan, embajadores. Influyen en ventas concretas y el único reconocimiento que reciben es una comisión o una cena de fin de año. Un motor de lealtad permite armarles un programa propio, con reglas y premios, sin montar una estructura contractual nueva.

Hay una audiencia que casi ninguna empresa tiene organizada y que decide más ventas de lo que su tamaño sugiere. No son empleados y no son clientes: son los que están en el medio. La agencia que implementa tu producto, el instalador que recomienda tu marca cuando el cliente pregunta, el arquitecto que especifica, el profesional que sugiere, el embajador que te muestra en sus redes, el consultor que te lleva a su cartera.

Con ellos, en general, hay una comisión, un descuento especial o nada. Y hay una relación que se mantiene por contacto personal: alguien de la empresa que los conoce, los llama y les manda algo en diciembre. Cuando esa persona cambia de puesto, la relación se enfría de un mes al otro.

Lo que falta ahí es lo mismo que faltaba en los programas de clientes antes de que existieran: un registro de lo que cada uno aporta y un reconocimiento que ocurra cuando ocurre el aporte. Y como la mecánica es idéntica, se puede montar sobre el mismo motor que corre el programa de clientes, con reglas y premios propios.

Quiénes entran en esta audiencia

Vale la pena separarlos, porque no todos aportan lo mismo ni se reconocen igual.

Los que ejecutan: agencias, implementadores, instaladores, talleres autorizados, empresas de servicio. Su aporte es que el producto quede bien puesto, y eso define la satisfacción del cliente final de la marca aunque la marca no esté presente el día de la instalación.

Los que recomiendan: profesionales que sugieren una marca dentro de su trabajo. El arquitecto que especifica un material, el fisioterapeuta que recomienda un producto, el veterinario, el contador que sugiere un software. No compran, y aun así mueven volumen.

Los que representan: embajadores, creadores de contenido, referentes de una comunidad. Su aporte es visibilidad y confianza prestada.

Los que abren puertas: consultores, socios comerciales, revendedores ocasionales que traen una oportunidad sin operar la venta.

Los cuatro grupos tienen algo en común que los distingue del equipo interno y de los distribuidores: no tienen una obligación con tu marca. Trabajan con varias, eligen cada vez, y esa elección es lo que el programa intenta influir.

Qué se reconoce cuando no hay una compra

Aquí está la parte de diseño, y es donde se define si el programa sirve o se vuelve una comisión disfrazada.

Lo que se puede registrar es más de lo que parece, y casi todo ya está medido en algún sistema: la instalación reportada, la certificación del producto nuevo aprobada, el cliente referido que efectivamente compró, la oportunidad cargada, el proyecto especificado, el contenido publicado, la capacitación completada, la asistencia a la presentación del producto.

El criterio para elegir es simple: reconoce lo que la empresa quiere que pase y hoy depende de la buena voluntad de alguien. Que el instalador se certifique en la línea nueva antes de venderla. Que la agencia cargue el caso para poder darle soporte. Que el profesional avise que recomendó, así se puede acompañar a ese cliente.

Y hay una fuente que conviene tratar con cuidado: la venta atribuida. Cuando el aporte se puede atar a una venta concreta, el reconocimiento se parece a una comisión, y una comisión ya existe o ya se decidió no tenerla. El programa rinde más cuando reconoce lo que la comisión no puede ver: la calidad de la ejecución, la formación, la constancia, la representación.

Qué funciona como premio con esta gente

Son profesionales que trabajan con varias marcas, así que un descuento en el producto suele interesarles poco: ya lo tienen, o lo tienen mejor.

Lo que funciona son tres cosas, y ninguna es dinero.

Los premios de uso personal, que es lo que convierte el esfuerzo profesional en algo que se lleva a la casa: herramientas, tecnología, artículos de hogar, experiencias. Cuando el catálogo y la entrega los resuelve un proveedor con su propia logística, la empresa no maneja inventario ni envíos, que es justamente lo que hace inviables estos programas cuando se arman a mano.

El acceso, que en esta audiencia vale más que en cualquier otra: la formación primero, el producto antes que el mercado, el canal directo con alguien de la empresa, la invitación al encuentro donde están los que deciden. Cuesta poco y es difícil de igualar.

El estatus visible, que para un profesional es negocio: la certificación, el nivel, la insignia que puede mostrarle a su propio cliente, el listado público de recomendados. Un instalador certificado con un sello de la marca tiene un argumento de venta propio, y por eso lo persigue.

Ese último punto es el que hace que un programa de esta clase se sostenga solo: cuando el nivel ayuda a la persona a vender su propio trabajo, la participación deja de depender de la insistencia de la empresa.

Por qué esto no arma una estructura contractual nueva

La objeción que aparece siempre, y con razón, es qué implica reconocer económicamente a gente que no está en relación de dependencia ni tiene un contrato de representación.

Es una conversación que conviene tener con el área legal de la empresa y de la que este artículo no puede dar una respuesta general. Lo que sí se puede decir es cómo se suele estructurar para que sea simple: un programa de reconocimiento voluntario, con reglas escritas y públicas, premios en especie y sin obligaciones de exclusividad ni de volumen. El participante se suma si quiere, no compromete nada y puede irse cuando quiera.

Las reglas escritas son la parte que más importa aquí, más incluso que en un programa de clientes. Quién puede participar, qué se reconoce, cómo se acredita, qué pasa si alguien reporta algo que no ocurrió, cómo se sale. Sin eso, el programa termina siendo una discusión caso por caso, que es exactamente lo que estaba antes.

El punto de partida práctico es la lista de participantes: en la mayoría de las empresas está repartida entre la libreta de un vendedor, una hoja de cálculo de marketing y la memoria de alguien. Consolidarla ya es la mitad del proyecto.

Sobre el mismo motor que el resto

Una empresa que ya tiene programa de clientes tiene resuelta la infraestructura: acumulación, niveles, catálogo, canjes, comunicación y tablero. Un programa de colaboradores es otra audiencia con sus propias reglas encima de eso, no un sistema nuevo.

El motor recibe los eventos desde donde ya viven (el sistema de la empresa avisa que una instalación se reportó, que una certificación se aprobó, que un referido compró), aplica las reglas de esa audiencia y acredita. Nadie carga nada a mano, que es lo que mata a estos programas en el mes cuatro.

Y en paralelo se pueden mirar juntas todas las audiencias: los clientes finales, el equipo interno, los distribuidores, los colaboradores externos y los socios, cada uno con su esquema y su comunicación. Ahí aparecen las preguntas que con herramientas separadas no se pueden contestar, como si los clientes atendidos por un instalador certificado se quedan más tiempo, o si las oportunidades que trae una agencia que participa del programa cierran distinto.

Lo que se mide para saber si funciona son tres cosas: cuántos de los invitados participan de verdad, cuántos canjearon al menos una vez, y si el comportamiento que se quiso mover se movió. Si el programa se armó para que los instaladores se certifiquen, la métrica es la proporción de instaladores certificados y no la cantidad de puntos entregados.

Preguntas frecuentes

¿En qué se diferencia esto de un programa para distribuidores?

El distribuidor compra y revende, así que su aporte se puede leer en el volumen y su reconocimiento se ata a eso. El colaborador externo no compra: ejecuta, recomienda o representa, y su aporte hay que registrarlo de otra forma, con lo que reporta o con lo que se puede verificar.

También cambia el premio. El distribuidor valora condiciones comerciales y apoyo para vender; el colaborador externo valora premios de uso personal, acceso y estatus. Son dos audiencias distintas dentro del mismo motor, con reglas propias.

¿Cómo verificamos lo que reportan si no pasa por nuestro sistema?

Con una combinación de tres cosas: lo que sí se puede cruzar (una instalación asociada a un número de serie, un referido que efectivamente compró, una certificación aprobada), un reporte simple para lo que no se puede cruzar, y una regla escrita sobre lo que pasa si alguien reporta algo que no ocurrió.

Conviene además que el reconocimiento más grande esté atado a lo verificable y el más pequeño a lo declarado. Así el programa no depende de la confianza para las cosas que cuestan dinero.

¿Cuántos participantes hacen falta para que valga la pena?

Bastante menos de lo que se cree, porque el valor no está en el volumen de participantes sino en cuánto influyen. Una red de cincuenta instaladores o de treinta profesionales que recomiendan puede estar decidiendo una porción grande de las ventas de una línea.

Lo que sí importa es que exista una lista real y un responsable interno del programa. Sin alguien encargado de mirarlo y comunicarlo, la audiencia se apaga sola, y esto vale igual con quinientos participantes que con veinte.

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